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Las puertas del infierno Centralia, el pueblo al que le arden las entrañas

A principios de los años 80 Centralia era un apacible pueblo chico sito en el Condado de Columbia, en Pensilvania, con más de 1.000 habitantes y sus cuidados céspedes y sus coches familiares de seis metros de largo aparcados junto al jardín. Situado a apenas dos horas en coche de Filadelfia o a tres de Nueva York, era el clásico pueblo de clase media del noreste de Estados Unidos, la clase de sitios a los que ponen apodos como “la capital mundial de la tarta de manzana” y cosas así. Un pueblo como hay miles en Nueva Inglaterra, Nueva York o la propia Pensilvania. Antes de que se alcanzara la mitad de la década de los 80 el pueblo quedaría prácticamente vacío. Un incendio tuvo la culpa. Pero era un incendio invisible, porque se encontraba bajo las casas unifamiliares, bajo las pulcras calles, bajo los cuidados céspedes y los niños intercambiando cromos de béisbol. En sólo cuatro años el pueblo quedó casi desierto. Esta es su historia.
Uno de los carteles que avisan del peligro en el pueblo, instalados por las autoridades estatales: “Peligro. Fuego bajo tierra. Caminar o conducir por esta área puede provocar graves heridas o la muerte. Presencia de gases peligrosos. El suelo puede hundirse repentinamente”
Centralia fue fundado con el nombre de Centreville allá por 1854. En 1866 le cambiaron el nombre porque ya había otro pueblo con ese nombre un par de condados más allá, y como Centralia se quedó. Un par de líneas de ferrocarril pasaban por allí, lo que conllevó un crecimiento notable de la población, que alcanzó su cenit cuando moría el siglo XIX, con unos 3.000 habitantes. La minería del carbón era y siguió siendo durante muchos años el principal empleador del pueblo. A lo largo del siglo XX la población fue descendiendo poco a poco hasta que a principios de los ochenta quedaban mil personas en el pueblo, más otras seiscientas en los inmediatos alrededores.
La calle mayor de Centralia en 1962 (fuente)
El principio del fin había comenzado un día primaveral de 1962. Las minas de carbón habían sido abandonadas en su mayor parte pocos años atrás por la baja rentabilidad del carbón allí extraído. En la zona sudeste del pueblo había un vertedero que el ayuntamiento quiso limpiar, para lo que contrató a cinco miembros del cuerpo de bomberos voluntarios de la ciudad, algo que ya habían hecho en anteriores ocasiones. Éstos procedieron como en años anteriores, y le pegaron fuego al vertedero, que se encontraba cerca de una de las minas abandonadas. No está claro cómo pasó el fuego desde el vertedero al laberinto de minas de carbón abandonadas, pero lo cierto es que lo hizo, y que todos los intentos por apagarlo fracasaron. En aquel momento se planteó montar una operativa especial para extinguir el incendio, pero los desacuerdos entre el ayuntamiento, el condado y el Estado sobre quién debería pagar la factura lo impidieron. Dicha factura habría ascendido a 5o mil dólares. Mucho dinero para los años 60, pero nada comparado con lo que llegaría a costar décadas después.
La calle mayor de Centralia, en 1983 y 2001
Y el incendio continuó su marcha, implacable. Poco a poco el carbón se iba convirtiendo en brasas ardientes bajo el pueblo, y de vez en cuando había escapes de gases y llamas en algunos puntos de las afueras, que los bomberos extinguían rápidamente. El incendio avanzó a un ritmo de unos 15o metros anuales. Las medidas que se tomaron fueron básicamente ir abriendo pozos para aliviar la enorme presión del subsuelo. Las décadas pasaron, y todo el pueblo conocía la situación, pero no le dieron demasiada importancia hasta 1979. En ese año el dueño de la gasolinera local, que también era el alcalde, introdujo una vara medidora en uno de los tanques de gasolina para comprobar el nivel. Al extraerla notó que el metal estaba inusualmente caliente, así que introdujo un termómetro en los tanques de combustible. La medición le aterrorizó; la gasolina estaba a 172 grados Farenheit, lo que vienen siendo unos 80 grados centrígrados. Aquello era verdaderamente peligroso.
La carretera de acceso al pueblo, en un lamentable estado de conservación. Debajo, un par de impresionantes vistas aéreas de la localidad.
Recién estrenada la década de los 80 el asunto se puso verdaderamente serio. Empezaron a aparecer informes de graves perjuicios para la salud de los habitantes de Centralia debido a las continuas emanaciones de gases tóxicos provocados por el incendio. Los habitantes de Centralia instalaron en sus casas medidores de monóxido de carbono, dióxido de carbono y oxígeno para evitar morir asfixiados durante la noche. En 1981 los pozos de evacuación de gases eran ya 1.800. Ese mismo año, un chico de 12 años llamado Todd Dombowsky estaba jugando en el jardín trasero de su casa cuando se abrió un hoyo de metro y pico de ancho bajo sus pies. Todd se agarró como pudo al terreno gritando; su hermano se percató del peligro y corrió a rescatarlo, salvándole la vida. De ese hoyo, que tenía medio centenar de metros de profundidad, brotó un chorro de gas hirviente que contenía cantidades letales de monóxido de carbono.
Las ruinas de la ciudad humeante 
El pueblo se dio cuenta de que estaba en inminente peligro de muerte. Se celebró un referéndum para evacuar el pueblo y ganó el sí, pero sin financiación poco había que hacer. Por entonces se calculó que extinguir el incendio costaría 100 millones de dólares y habría que evacuar la mayor parte del pueblo de todas formas. El asunto pasó al estado de Pensilvania primero y al Congreso de EE.UU. más tarde. La gente se fue marchando del pueblo poco a poco, pero ese goteo se convirtió en estampida cuando el congreso otorgó cuarenta millones de dólares para realojar a los centralianos. La inmensa mayoría de los habitantes de Centralia se marchó a pueblos cercanos como Mount Carmel o Ashland. Unas pocas familias, sin embargo, se negaron a marcharse. Habían crecido allí y allí querían permanecer, por más que al pueblo le estuvieran ardiendo las entrañas.
Sobre estas líneas, cartel reivindicativo en la casa de uno de los diez tipos que viven en Centralia (fuente). “Estos residentes no quieren nada del gobierno, quieren vivir donde elijan. Por favor llama al gobernador, al senador y al representante en el congreso y exígeles que les dejen vivir en Centralia”. Debajo un cartel en la puerta del ayuntamiento (fuente): “Mantengamos a Centralia en el mapa”
En 1992 el estado de Pensilvania expropió por ley todas las propiedades del pueblo y procedió a su demolición. Los escasos residentes que quedaban plantearon una demanda colectiva para evitar ser expulsados de sus casas, y consiguieron detener su expulsión. Aún así, del pueblo apenas quedó nada. La inmensa mayoría de los edificios fueron derribados sin contemplaciones para evitar que nadie se instalara allí y apenas quedaron un par de docenas de residentes. ¿Por qué se quedaron en un pueblo que básicamente era una bomba de tiempo y que podía destrozarles la salud o matarlos de un día para otro? Por los derechos de extracción del carbón. El mismo carbón que al arder devoraba las entrañas del pueblo podría llegar a ser rentable algún día. Y ese carbón valdría cientos de millones de dólares. Y era propiedad del ayuntamiento de Centralia. Según los escasos residentes que se quedaron, la intención del Estado de Pensilvania al expropiar el pueblo era básicamente quedarse con el carbón y sus derechos. Y no estaban dispuestos a permitírselo. ¿Tenían razón? Quién lo sabe. Decidieron arriesgarse a permanecer en las puertas del infierno para comprobarlo. 
“Bienvenido al infierno”. Grafitti a la entrada de Centralia. Debajo, otra pintada indicando la salida de vapores en una grieta de la misma carretera 
Hoy Centralia permanece como una fantasmagórica ciudad abandonada. Las calles siguen existiendo, aunque el asfalto ha comenzado a ser devorado por la maleza, y aquí y allá se abren profundos hoyos por la presión del incendio. Apenas quedan 17 edificios en pie en el pueblo, entre ellos el ayuntamiento y la iglesia Ortodoxa, que se salvó por estar al norte del pueblo, lejos del incendio. Según el censo de 2010 Centralia tiene 10 habitantes. En 1990 tenía 63 y en el 2000 apenas quedaban 21. El ayuntamiento sigue funcionando y se reúne una vez al año. La factura más grande que tuvo que pagar el año pasado fue la de la luz. 92 dólares. Los pocos resistentes que quedan han ido perdiendo sucesivas batallas legales para evitar su expulsión, la última en febrero de este mismo año. Las calles del pueblo están desiertas e inertes, en sus márgenes ya no hay cuidados céspedes sino solares desolados y comidos por la vegetación. Los únicos lugares que se mantienen en buen estado son los cementerios. Una metáfora para un pueblo que ya no conoce futuro.

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