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FOTOGRAFÍAS POST MÓRTEM TE SORPRENDERÁN

La fotografía post mórtem, también conocida como fotografía de difuntos, memento mori o retrato memorial, fue una práctica fotográfica habitual durante el buena parte del siglo XIX y principios del siglo XX. Esta práctica consistía en vestir el cadáver de un difunto con sus ropas personales y fotografiarlo en un último retrato grupal junto a sus familiares, amigos o compañeros, o bien en solitario. Para entender este tipo de retratos -que en la actualidad a menudo son considerados como morbosos o, incluso, de mal gusto-, hay que comprender el momento histórico en que fueron realizados y el significado solemne que estas fotografías tenían entre los parientes más cercanos del fallecido, ya que éste, a menudo, se convertiría en el único recuerdo visual que dispondría la familia del fallecido y que permanecería entre ellos, en una época en la que, en el mejor de los casos, cada familia disponía tan sólo de unos pocos retratos o fotografías, o no tenía ninguno en absoluto hasta la muerte del difunto.



















SITUÁNDONOS EN EL CONTEXTO HISTÓRICO


La fotografía post mórtem floreció especialmente durante las primeras décadas de la fotografía, en la que los familiares de un difunto preferían capturar la imagen de un ser querido fallecido, antes que no tener ninguna imagen suya en absoluto. Esta práctica alcanzó enorme popularidad a finales del siglo XIX y se extinguió cuando la fotografía instantánea se volvió en algo común.




Para entender la fotografía post mórtem, hay que situarse y entender el contexto histórico en que este tipo de retratos se realizan: una época en que la muerte era algo más familiar, ya que ha menudo ocurría en el seno de la misma familia y el muerto moría rodeado de los suyos, y en la que un retrato era considerado algo excepcional, al contrario que hoy en día, en que éstos abundan incluso para la cosa más intrascendental. Las fotografías post mórtem servían como recuerdos para recordar al difunto. Esto era muy común, especialmente, en el caso de bebés y niños de corta edad , ya que las tasas de mortalidad infantil en la esos tiempos eran muy altos , y una fotografía post mórtem posiblemente era la única imagen del niño de la familia conservaría.


























EL NACIMIENTO DE LA FOTOGRAFÍA POST MÓRTEM


Con la invención del daguerrotipo, el 19 de agosto de 1839, en París, Francia, la práctica del retrato se convirtió en algo mucho más común, ya que muchas de las personas que no podían permitirse el lujo de pagar la comisión de un retrato pintado a mano, podían, al menos, gracias a este invento, permitirse el lujo de hacerse una sesión fotográfica que inmortalizase su imagen, proporcionando, a su vez, un medio para memorializar a sus seres fallecidos más cercanos. Así pues, la fotografía de difuntos o fotografía post mórtem se inició poco después del nacimiento de la fotografía, extendiéndose rápidamente hacia otros países.




En ese tiempo la fotografía mortuoria no era considerado algo morboso. Debido a la ideología social de la época, la muerte se concebía como algo con un aire mucho más sentimental, llegando a ser vista, en algunos casos, como un privilegio (una idea derivada del Romanticismo).




La práctica del retrato o fotografía post mórtem consistía en vestir el cadáver de un difunto con sus ropas personales y hacerlo participe de un último retrato individual o grupal, junto a sus familiares, amigos o conocidos, empleando para ello distintas técnicas y composiciones fotográficas, que serán descritas a continuación.

























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LAS FOTOGRAFÍAS POST MÓRTEM DE NIÑOS


La figura del niño muerto ha sido objeto de culto en las diferentes culturas que existen, ya desde la antigüedad. Este tipo de culto ha variado dependiendo de la época y la cultura con la que tratemos, pero en muchas de ellas era normal que a los niños se los enterrase con juguetes u objetos de uso cotidiano, y se les otorgase un lugar privilegiado debido a su “inocencia”. En la Europa medieval, además de monumentos funerarios, se colocaban epitafios con notas biográficas y frases que expresaban la pesadumbre y el deseo de perpetuar la memoria del niño muerto, invitándolo a tomar su lugar en el coro de ángeles. Por eso, en las fotografías post mórtem de niños, a partir del siglo XIX, a los niños se les llamó “angelitos”.




Debido el alto índice de mortalidad infantil de dicha época, siglo XIX, la mayor parte de cuyos fallecimientos se debieron a los escasos recursos médicos en esos tiempos, así como las condiciones de pobreza y miseria en los que en muchos casos vivían, existe una importante cantidad de fotografías post mórtem de niños, o fotografías de “angelitos”, como se las llamaba. Era normal que una familia común sumase entre 8 y 10 hijos, de los cuales, debido a las condiciones precarias en las que veces vivían, solían fallecer la mitad. Tomando en cuenta ese contexto, las fotografías de los niños fallecidos junto a sus padres y/o hermanos, o simplemente el niño muerto, estaban comprensiblemente aceptadas.





LA FOTOGRAFÍA POST MÓRTEM EN LA ACTUALIDAD


Con la llegada de la fotografía instantánea, decreció la demanda de retratos post mórtem poco a poco. Si en un principio un retrato o una fotografía podía ser algo excepcional en el seno de una familia, con la fotografía instantánea, que requería menor exposición y resultaba mucho más barata, esto era algo que estaba casi al abasto de cualquiera, por lo que la gente empezó a retratar más momentos de la vida, y recuerdos mucho más alegres. ¿Quién podía desear tener la foto de un familiar muerto, cuando podía tener un retrato de momentos más felices compartidos junto a él? A medida que la práctica de la fotografía post mórtem iba cesando y desapareciendo en gran medida en los llamados países occidentales (entiéndase Europa y Norteamérica), poco a poco empezó a ser visto como algo vulgar, morboso, sensacionalista e incluso con ciertos tintes terroríficos o macabros.




Este hecho, este cambio de actitud llama la atención si tenemos en cuenta el marcado contraste de belleza, sensibilidad y serenidad percibida y transmitida en la tradición fotográfica post mórtem más antigua, que en el fondo no reflejaba nada más que el intento de hacer pervivir en la memoria el recuerdo de un ser querido.

Esto marca un cambio cultural y social que indica el malestar cada vez más amplio que genera el concepto de la muerte cuando ésta está cercana dentro del propio núcleo familiar. Se ha deshumanizado a la muerte, que actualmente está presente constantemente en la prensa, la televisión o el cine, mientras que antiguamente se la solía humanizar. Los seres queridos solían morir cerca de los suyos, en su propia cama, mientras que ahora mueren alejados de su hogar o núcleo familiar, en camas ajenas que pertenecen a un hospital o un centro geriátrico. La diferencia cultural entre la vida y la muerte queda así patente en este nuevo siglo frente a siglos anteriores.




Más allá de todo esto, y hablando del retrato memorial, que ya no post mórtem, en la actualidad algunas funerarias continúan ofreciendo la posibilidad de la fotografía memorial, aunque al contrario que en otros tiempos, éstas son fotos hechas del difunto cuando aún estaba en vida. En este caso, puede limitarse a una simple foto, o a un álbum fotográfico mostrando y recogiendo parte de la vida del difunto. Del mismo modo, algunas funerarias ya ofrecen la posibilidad de pegar un código QR en la tumba de un fallecido, de modo que éstos códigos, vía móvil, nos pueden conducir a enlaces que recogen imágenes o videos donde se muestra imágenes del fallecido cuando vivía, así como escenas de su vida.




Las fotografías post mórtem ha pasado a engrosar también la obra de varios artistas contemporáneos, que intentan implicar ciertos mensajes e intenciones en su obra. Desde la controvertida serie “Cadáver” del fotógrafo estadounidense Andrés Serrano, que presenta fotografías de víctimas de muerte violenta en forma de retratos embellecidos, pasando a las fotografías de tabloide del mexicano Enrique Metinides, conocido por sus austeras fotografías de la, a menudo, espantosa vida en la Ciudad de México, con documentos de víctimas mortales en la escena del crimen, con una estética de composición que ha hecho que su obra haya sido expuesta en respuesta a la crítica positiva en galerías de todo el mundo, pasando por otros artistas como el estadounidense Joel-Peter Witkin, o el irlandés Maeve Berry, que encuentra un compromiso estético mediante la captura de las brasas de los cuerpos en el crematorio funeral, y muchos otros.

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